La Maldición de Tener que Leer

Rompo una lanza a favor de los que leen una novela antes de ponerse, mecánicamente, a Netflixear (o consumir otros sucedáneos audiovisuales). Contemplo con orgullo aquellos que al desembalar su nuevo aparato electrónico leen primero esas instrucciones tan molestas en vez de ponerse a toquetear, reafirmándose con el “sólo es un aparato, esto lo domino en cinco minutos”. No digamos con una lavadora nueva. Asiento con solemnidad a esas personas que leen primero el panfleto publicitario antes de tirarlo (al reciclaje de papeles, por favor), preguntando “¿y si esto me interesa?”. Admiro de corazón aquellas que al sacar el móvil en un transporte público leen artículos o noticias, en vez de deambular sin rumbo en las redes sociales. A aquellas y muchas más personas comprometidas con la lectura: sois grandes; un ejemplo a seguir, y no os amilanéis por los balidos de los “normales”.

Y es que la cultura de la lectura (y por ende, la de la no-lectura) tiene mucho que ver con los juegos de mesa. Los tiempos cambian, las modas y las costumbres también, pero los juegos de mesa son un tesoro atemporal. Instrumentos complétamente analógicos, igual que los libros. Se han digitalizado muchos ellos, llevándolos al mundo del videojuego, pero fracasan estrepitosamente al no reunir un grupo de gente, cara a cara, entorno a una mesa. Del mismo modo que trasladar una novela a la gran pantalla nunca capta todos los matices y detalles expuestos en el libro.

Lo que he intentado expresar, por omisión, es que se ha extendido una fobia patológica al acto de leer. Este mal ya existía en décadas anteriores, pero la hegemonía de lo digital lo ha potenciado: videotutoriales o reseñas en Youtube, “clickbaits” a contenidos vacuos, desinformación, culto a la apariencia, compulsión por los chats y redes sociales… Estamos hablando de que el nivel de atención de las nuevas generaciones se mide en segundos. ¿Cómo podemos esperar que alguien lea un texto o artículo si no le llega a enganchar en el tercer segundo?

Y aquí llegamos al quid de la cuestión. Los juegos de mesa conllevan una gran carga de lectura: la instrucciones. Hay una enorme proporción de la sociedad que rehuye las instrucciones como el coronavirus. Y esto es un muy grave problema para fomentar la cultura de los juegos de mesa. Necesidades como la socialización cara a cara o alternativas para las casas de juegos quedan ensombrecidas por ese aparente obstáculo. Se requieren de vídeos explicativos o, en mi caso, de un amable dependiente para explicar el juego en detalle.

En cierto modo, es comprensible. Ha pasado mucha gente por esta tienda de juegos de mesa en Romo, y muchos parecían confusos u ofuscados con las reglas de los juegos. Es normal. Una persona que tiene como referencia juegos clásicos cuyas reglas se transmitían oralmente encontrará desafiante las reglas de ciertos juegos. Demonios, absolutamente nadie se ha leído las reglas del Monopoly. Recientemente he visto un capítulo (visto, no leído, aquí me pillo los dedos en referente al artículo) donde el detective Poirot hacía uso, con éxito, del reglamento del Monopoly para hacer creer al sospechoso que eran los papeles del pasaporte. En esta realidad de atracción de lo visual, entiendo que un texto así sea descorazonador. ¡Y qué palabrejas, no hay quien las entienda!

Comprensible. Pero un niño no nace sabiendo leer. Como adultos, no dejamos de ser niños grandes que debemos aprender, adaptar y acostumbrarnos.  No es que las instrucciones sean difíciles o confusas (a veces si, pero suele ser problema del escritor/editor, no del juego en si). Si vamos a empezar a jugar, no lo hagamos por El Quijote de los juegos de mesa, categoricemos un poco primero. Llegará un punto, tal como es mi caso, que la mayorías de las mecánicas os resultarán tan instintivas que leeréis las reglas será un suspiro.

Desde Trikimailu Jolasak os animamos a que valoréis el poder de la lectura. Aunque, si ya estáis leyendo este artículo, probablemente ya seáis gente que admiro.

Por ello, ¡animad a todas aquellas personas que os rodeen!.

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